Friday, March 11, 2011

El edificio.

Era irrefutable que la entrada principal por más amigable que pareciera estaba evidentemente cerrada a la curiosidad y que era fría a todas las intenciones de captar la majestuosidad que guardaba detrás; el edificio era un corazón utópico. Así que la decisión fue entrar como prófugos, por un costado, pisando alambres y saltando bardas, ganando raspones.
Lo primero que se extendio en mis 576 megapixéles de visión humana fue una especie de patio con celdas, que con vida podrían haber parecido los tendederos que en realidad eran pero que muertas parecían contener gritos psicopatas trasnochados en historias aterradoras y exigiendo un after. Lo segundo fue comprender que mis pies estaban sobre ese suelo suspendido a varios metros de un bloque de cemento fuera de lugar, en el medio rotundo de un reino de terrenos valdíos y de silencio.Aún al concretar que aquello estaba sucediendo, la experiencia se siguió conservando en el reborde tenue y borroso del sueño. Si despertara de golpe no sería raro.
Todo pareció deshacerse entonces en un torbellino cuando finalmente mis tenis y sus suelas desgastadas se posaron sobre el piso del edificio. Era grande, se extendía varios metros a lo ancho y parecía llegar al cielo. Un elevador lo coronaba en el centro, como si de una chimenea enorme se tratara. No había luz, la electricidad ahí era un eco del pasado. De hecho, no había nada. Todo era un conjunto de puertas cerradas para siempre, mi imaginación y mi espiritu "romántico" secreto que rasgaba la curiosidad preguntandose estupideces acerca de la última palabra dicha en aquellos cuartos o acerca de todos los sentimientos que alguna vez contuvieron. También el aura del momento estaba impregnada por la clásica duda acerca de qué obligó a toda esa gente a irse del lugar, ésta asímismo impregnada por un dejo de adrenalina causada por todo lo que hablan los medios de los edificios solitarios. Que si un asesino serial, que si todos se murieron misteriosamente...
Por el momento, mis pensamientos vagaban por ahí calculandole 40 años, cuando el individuo que caminaba frente y que me había acompañado hacia ese remoto lado tuvo valor para asomarse por una ventana y decretar que acababa de ver una Sección Amarilla con la fecha del año 2002 grabada en el lomo. Entonces la duda cambió de rumbo, la soledad ahí ya era un hongo casi tan bien instalado como la democracia pero sin embargo ese lugar no llevaba más de 10 años solo. Era y es, al menos de que en este momento haya ahí una bola demoledora colgada de una grua destruyendo el edificio, casi mágico imaginar lo rápido que la existencia humana había pasado a ser una sombra y una abstracción. Ahí, los colores fuera del blanco sucio que emanaban las paredes perdían todo el sentido que afuera podrían tener. Y entonces uno se sentía como caminando en un sueño vacío, pasando sin traspasar de ninguna manera puertas cerradas a perpetuidad ante la autoridad. Era confuso.
En algunos cuartos podías asomarte y ver la ventana del otro lado. Y aún habían algunos rastros de patética vida: estampas de colores y cortinas que se habían quedado ahí y que se quedarían ahí hasta que la delicuencia masiva invadiera aquel lugar y las arrancara.
Bajamos cada piso en un silencio distorcionado por nuestras mentes caudalosas. El bloque de cemento que mantenía todo aquello vivo aún nos recibió extrañado. Lo curioso era que el polvo no cubría nada, tal vez por miedo, él también. También las hojas permanecían cuidadosamente barridas hacia las esquinas, mientras que una lata de leche en polvo a la vez yacía en el suelo debajo de la escalera marcando la fecha de caducidad en el año 2008. Era una especie de cápsula del tiempo, si es que afirmarlo al 100% no es muy naïve. Entonces mis pasos me llevaron a la parte de trasera de aquella torre caduca. Un patio trasero se extendía como una especie de valle marchito. Habían varias albercas verdes, agua de lluvia en ellas y hojas flotantes dándoles el estilacho clásico del abandono. En el primer piso aún se extendían unos cuantos cuartos de primer plano, uno de estos permanecía con la ventana abierta trás un mosquitero, que fue casi enseguida abatido por mi compañero que se introdujo en el departamento y abrió la puerta por dentro.De nuevo, fue como una concentración de años diversos. No había nada, más que una estufa que permanecía ahí con toda su inmodernidad, siendo esta de hace unos 20 años quizás, a pesar de su apariencia retro. La ventana daba a los mismo que se puede apreciar desde afuera: las albercas y frente a estas una construcción nueva en proceso pobladas de albañiles, sinceramente no sé que pensaron estos al ver a dos figuritas violando la entidad autónoma que yo llamo "edificio".
Después de bajar, a pesar de que mis vísceras me rogaban de salirme de ahí, la adrenalina nos empujó a subir hasta el último piso, hasta donde se pudiera apreciar la sombra del sol cruzando la silueta de la trampilla que nos separaba de la azotea. Lamentablemente, la trampilla estaba cerrada con candado. Entonces nos aventuramos a seguir asomándonos por las ventanas, aunque a ese nivel del edificio estubieramos más que a vista del mundo. De hecho, más que a la vista, ahí te sientes sobre el mundo, cerca del sol, en una posición divina, aunque con un dejo de miedo en todas tus acciones.
El individuo que me acompañaba realizó en este último piso lo mismo que había hecho en todos los pisos: mirar por las ventanas y verificar si algun incauto había dejado abierto. Y efectivamente, una de estas puertas permanecia cerrada pero la chapa daba vueltas en su propio eje y la ventana detras del mosquitero estaba abierta. Y detrás de la ventana, una vida perfectamente intacta permanecía pudriendose silenciosamente. El departamento estaba amueblado, pero amueblado como si un artista viviera ahí o bien alguien que pretendiera serlo, o tal vez amueblado como lo había decidido la delicuencia trás haberse llevado todo lo valioso lo que podría estar ahí. Yo por mi parte podía sentir que en cualquier momento iba a salir uno de los fantasmas de mi pasado y me perdía en la impotencia de mis pensamientos al no saber que haría.
Pero al departamento nada de esto le importaba. Rociado de papeles, la comida seguía pudriendose en algun lugar de la despensa y el refrigerador permanecía inerte, con imanes pegados aquí y allá señalando servicios de comida rápida pasados de moda desde hace un rato.
Después de eso, terminamos por salir disparados de regreso a la barda en donde empezó todo para seguir dañando con nuestro peso la reja que nos permitió subir para al tocar suelo legal sentirme llena, para después sentirme orgullosa, para después feliz y para después volverle a tenerle miedo a la situación fuera de lugar de aquel monumento. Para terminar todo en el final de un hoy que ya es ayer escribiendo lo más que pudiera acerca de aquellas escaleras eternas y aquel elevador descompuesto.

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